El terremoto del pasado 10 de agosto dejó una profunda huella en varias regiones del país, pero también despertó una fuerza capaz de atravesar montañas, recorrer cientos de kilómetros y unir comunidades enteras: la solidaridad. Desde Cundinamarca, alcaldes, gestoras sociales, funcionarios, empresarios, organismos de socorro y ciudadanos decidieron que la distancia no podía ser una barrera para tender la mano a quienes lo habían perdido todo.
Desde la Gobernación de Cundinamarca comenzó una de las primeras rutas de ayuda hacia Buenaventura, Valle del Cauca. La Oficina de Gestión Social articuló esfuerzos con la DIAN, municipios y diferentes aliados para movilizar elementos de protección y apoyo destinados a la población afectada por el sismo de magnitud 7,4. A esta iniciativa se sumaron Funza, Nilo y La Peña, además del representante a la Cámara Julio Roberto Salazar y la Secretaría de Gobierno departamental.
Pero la solidaridad no se quedó en las bodegas ni en los centros de acopio. Tomó forma de vehículos cargados, caravanas y largas jornadas por carretera. En Villapinzón, el alcalde Gildardo Melo Garnica asumió el compromiso de llevar personalmente las donaciones de su comunidad hasta Condoto, Chocó. Fueron más de 700 kilómetros y 23 horas de recorrido para que los alimentos y elementos reunidos por los villapinzonenses llegaran directamente a las familias afectadas.

Detrás de esa caravana estuvo un pueblo entero. Instituciones educativas, comerciantes, gremios, parroquia, organismos de socorro, Policía y ciudadanos aportaron recursos, tiempo y esfuerzo. No hubo distancias cuando se trataba de ayudar. “Nuestra misión era llegar directamente a quienes realmente necesitan esta ayuda, y hoy podemos decir: ¡lo logramos!”, expresó el alcalde Melo Garnica después de cumplir la misión.
En Chía, la solidaridad tomó otra ruta y llegó hasta Belén de Umbría y Guática, en Risaralda. Las ayudas recolectadas por la comunidad fueron entregadas en estos municipios, apadrinados dentro de la estrategia Plan Padrino de la Federación Colombiana de Municipios. Al frente de esta labor estuvo la gestora social de Chía, Blanca Donoso, quien convirtió la ayuda material en un mensaje de acompañamiento para las familias que todavía enfrentan las consecuencias de la tragedia.
En Belén de Umbría, la llegada de las donaciones fue recibida por el alcalde John Fredy Montes, quien agradeció a la comunidad de Chía por demostrar que los municipios pueden convertirse en hermanos cuando la adversidad golpea. Junto a su par de Guática, Blanca Donoso acompañó esta jornada que busca ir más allá de la emergencia y contribuir posteriormente a la recuperación, los emprendimientos, la reactivación económica, la cultura y la salud mental de las comunidades.
Mientras tanto, desde Machetá y Tibirita otra caravana emprendía el camino hacia el Chocó. Los alcaldes Pablo Espinosa y Luis Fernando Roa unieron a sus comunidades para reunir cerca de cinco toneladas de ayuda humanitaria con destino al Medio Baudó. Fueron aproximadamente 24 horas de recorrido, una travesía que puso a prueba a quienes decidieron convertirse en mensajeros de solidaridad.

En esa misión también estuvieron las comunidades, entre ellas habitantes de la vereda San Isidro Alto, que no solamente donaron, sino que acompañaron el recorrido durante horas hasta llegar a su destino. La escena resume el espíritu de estas jornadas: alcaldes al frente, gestoras sociales acompañando, funcionarios trabajando y ciudadanos poniendo lo que tenían para que una familia desconocida pudiera recibir un mercado, una cobija o un elemento necesario para comenzar de nuevo.
Las historias de Gobernación, Villapinzón, Chía, Machetá y Tibirita tienen destinos diferentes, pero un mismo origen: comunidades que decidieron no ser indiferentes frente al dolor de otras comunidades. Buenaventura, Condoto, Medio Baudó, Belén de Umbría y Guática se convirtieron así en los puntos de encuentro de una cadena de solidaridad nacida en Cundinamarca.
Porque después de una tragedia no solamente se cuentan los daños, las casas destruidas o las toneladas de ayuda entregadas. También se cuentan los kilómetros recorridos, las manos que empacaron, los conductores que madrugaron, los alcaldes que encabezaron las caravanas, las gestoras sociales que acompañaron cada jornada y, sobre todo, los ciudadanos que entendieron que ayudar a otros también es una manera de reconstruir al país.
Cundinamarca demostró que la solidaridad no conoce fronteras. Cuando un pueblo sufre, otro puede convertirse en su vecino, su hermano y su esperanza.



