Comunidad indígena de la Sierra Nevada de Santa Marta, a través de la Fundación Funda mar in, lideró un taller de impresiones botánicas que combinó arte, botánica y educación ambiental en un espacio comunitario de la localidad.
En la localidad de Usaquén, al norte de Bogotá, una vivienda comunitaria a cargo de la Fundación Fundamar —organización vinculada a la comunidad indígena de la Sierra Nevada de Santa Marta— fue el escenario de un taller de impresiones botánicas dirigido a habitantes del sector interesados en el cuidado de las huertas urbanas. La actividad, desarrollada en alianza con el Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis, buscó fortalecer habilidades prácticas y de educación ambiental que puedan replicarse en las huertas de la localidad.
El encuentro se enmarcó en un proceso más amplio de fortalecimiento de huertas urbanas en Usaquén, que contempla también cursos de gastrobotánica y de transformación de alimentos. Según explicaron las facilitadoras durante la jornada, el propósito es acercar a la comunidad a los espacios verdes de la ciudad, promover el voluntariado en las huertas y enseñar procesos como el compostaje y el aprovechamiento culinario de las plantas cultivadas.
Cuatro técnicas para dejar huella
El taller se organizó alrededor de cuatro técnicas de impresión botánica, pensadas para que los participantes reconocieran texturas, nervaduras y características propias de distintas familias de plantas mientras elaboraban piezas artísticas con material vegetal.
La primera fue la antiotipia, una técnica fotográfica análoga elaborada con pigmento natural extraído de la cúrcuma mediante una mezcla con alcohol —en proporción de tres partes de alcohol por una de cúrcuma—, que se aplica sobre papel acuarela y se expone directamente al sol para revelar la silueta de las plantas.
La segunda consistió en calcos con crayola, colocando las hojas con las nervaduras hacia arriba —el envés— para transferir su relieve al papel. La tercera fue una impresión con tinta sobre hojas de textura rugosa, que absorben mejor el pigmento que las lisas. La cuarta técnica fue el martillado, mediante el cual flores y hojas frescas se disponen entre papel y acetato y se golpean de forma constante para transferir su pigmento natural directamente sobre el soporte.
Durante el ejercicio, las facilitadoras aprovecharon para explicar rasgos botánicos de las especies utilizadas, como las hojas de la familia de las melastomatáceas —reconocibles por una nervadura secundaria que dibuja una hoja dentro de la hoja— o particularidades como las del pino romerón, una de las pocas especies de pino nativas de Colombia, cuyo fruto, a diferencia de otros pinos, es comestible.
Un vínculo entre comunidad y ciudad
Las obras resultantes, entre tarjetas y composiciones botánicas, fueron pensadas por las organizadoras no como piezas decorativas aisladas, sino como un ejercicio de apropiación: los asistentes fueron invitados a darles un uso concreto, como parte de la fecha del amor y la amistad, reforzando así el vínculo entre el trabajo manual y la vida cotidiana de quienes participan en las huertas.
La jornada, realizada en la vivienda comunitaria de Fundamar en Usaquén, se suma a las estrategias de educación ambiental que impulsan tanto la comunidad indígena de la Sierra Nevada de Santa Marta como el Jardín Botánico de Bogotá en distintos territorios de la ciudad, con el propósito de fortalecer el tejido comunitario alrededor de la agricultura urbana y la conservación de los espacios verdes en la capital.



