La edición 24 del festival, organizado por Idartes, exaltó el legado de las mujeres como guardianas de la tradición, con 124 artistas en dos jornadas de ritmos ancestrales, encuentro y diversidad en el Parque de los Novios.
El Parque de los Novios se transformó durante el fin de semana en un territorio de tambores, gaitas y voces femeninas. Entre el sábado 24 y el domingo 25 de mayo, 25 mil asistentes se dieron cita en la edición número 24 de Colombia al Parque, el festival organizado por el Instituto Distrital de las Artes (Idartes), que este año puso en el centro a las cantoras como protagonistas de la memoria y el cuidado del legado musical latinoamericano. Un total de 124 músicos desfilaron por la tarima principal para rendir homenaje a la tradición, al baile y al poder del encuentro colectivo.
La programación se dividió en dos ejes temáticos que marcaron el espíritu de cada jornada. El sábado, bajo el lema “Las que cantan la fiesta”, la música se vivió como celebración y resistencia. Desde el mediodía, Dracuila abrió el escenario con una fusión de bullerengue y sonidos urbanos, mientras que agrupaciones como Corazón Santandereano y Duetorres llevaron al público guabinas, torbellinos y clásicos de la música andina. Uno de los momentos más coreados llegó con la Orquesta de Lucho Bermúdez: los acordes de Colombia tierra querida y Carmen de Bolívar hicieron que generaciones enteras bailaran juntas, confirmando la vigencia del maestro.
La tarde avanzó con la energía del Pacífico y el Caribe. Flor de Cerezo deslumbró con gaitas y empoderamiento femenino; Reburú trajo los cantos del sur del país, y Amantes del Futuro convirtió el parque en una pista de baile al ritmo de la cumbia rebajada. Sin embargo, el instante más significativo llegó con Martina Camargo, proveniente de San Martín de Loba, Bolívar. Su voz, acompañada de tambora y tradición oral, desató una de las fiestas más bailadas del día y, entre canción y canción, recordó que estas músicas sobreviven gracias a la transmisión de saberes y al papel de las mujeres como sostenedoras del territorio. El cierre del sábado quedó en manos de Belkis Concepción y Las Chicas, quienes con La Media María y otros merengues demostraron que el género sigue más vivo que nunca.
El domingo, “Las que arrullan el alma”, cambió la atmósfera hacia la escucha íntima y el homenaje al cuidado. Desde temprano, familias, deportistas y grupos de amigos recorrieron la Zona de Arte y Emprendimiento —donde 20 propuestas creativas alcanzaron ventas por 59 millones de pesos— y participaron en la carpa de experiencias. Allí, Martina Camargo lideró el taller “Juegos, voz y raíz”, y el Semillero de Bullerengue de Bogotá amplió la vivencia más allá de la tarima.
La jornada musical la abrió la música andina con Bogotanísimo, seguida por la rumba afrocaribeña de La Rola Band y la fuerza de marimba de Bejuco. Uno de los picos festivos lo marcó Bambarabanda, agrupación nariñense que con su mezcla de ritmos andinos, rock y ska hizo bailar a multitudes, reafirmando la circulación que ya la ha llevado a tres ediciones de Rock al Parque. Más tarde, Killabeatmaker fusionó electrónica y beatboxing con raíces tradicionales, y La Morena del Chicamocha mantuvo la fiesta con bullerengue y bailes cantados.
Cuando cayó la noche, el escenario recibió a una leyenda de la canción social latinoamericana: Quilapayún. El conjunto chileno interpretó Plegaria a un labrador y, en colaboración con Bambarabanda, hizo sonar el himno El pueblo unido jamás será vencido, el más cantado por el público. Minutos antes, junto a Marta Gómez, revivieron a tres voces Te recuerdo Amanda, generando uno de los momentos más emotivos del festival, en el que distintas generaciones se unieron para recordar a Víctor Jara y Violeta Parra.
El cierre definitivo estuvo a cargo de Marta Gómez. Con una voz serena y cercana, sus canciones sobre la memoria, la migración y la infancia fueron coreadas hasta el final, a pesar del frío bogotano. Colombia al Parque despidió así su edición 24 con imágenes difíciles de olvidar: familias enteras cantando juntas, jóvenes descubriendo por primera vez músicas tradicionales, mujeres ocupando el centro del relato cultural y desconocidos encontrándose en un mismo espacio desde el respeto y la celebración colectiva. Durante dos días, el festival ratificó que la canción latinoamericana aún tiene la capacidad de reunir a una ciudad entera alrededor de la memoria, la diversidad y el encuentro.



